El sentido trascendente de la vida

Somos seres humanos dotados de alma y cuerpo, por lo que somos trascendentes. Todo lo que hacemos tendrá su trascendencia en el más allá, en la eternidad. Tomemos conciencia de tan seria y grave realidad y actuemos en lo mucho y en lo poco con la vista puesta en la trascendencia que ello tendrá para ganarnos la eternidad.

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No vamos a entrar aquí en profundas reflexiones filosóficas o teológicas, no, eso lo dejamos para otros, sin duda más preparados y eruditos que nosotros, pero muchas veces, por eso mismo, alejados de los que cada día tenemos que enfrentarnos a los avatares cotidianos de la vida.

Queremos adentrarnos en lo que para nosotros es más simple, pero no menos importante: el sentido trascendente de la vida que debemos adquirir desde jóvenes si queremos que esa vida, la nuestra, y muchas veces la de los que nos rodean, sea fructífera en lo más importante, en el asunto, en el negocio por excelencia de la vida que es ganar la eternidad.

Primero debemos adquirir una conciencia clara, muy clara, de que como seres humanos formados de alma y cuerpo somos trascendentes, es decir, que cuando muramos, y todos hemos de llegar un día a ese momento, no desaparecemos en la nada, no dejaremos de existir, sino que iremos de cabeza a la eternidad; ese concepto no fácil de explicar y muchas veces tampoco de asumir, pero que es real.

Lo segundo que debemos adquirir es la conciencia también muy clara de que cada acto que realizamos en esta vida, en la vida finita, en la que tiene fin, cuyos días están tasados desde siempre por Dios, desde antes de nacer cada uno de nosotros, tiene una trascendencia fundamental con vistas a la otra vida, a la eterna, a la que no tiene final.

Si logramos reflexionar sobre los dos conceptos antes citados, debemos concluir sin lugar a dudas que si queremos ganar esa eternidad a la que estamos irrefutablemente abocados, lo debemos lograr a través de todos y cada uno de nuestros actos en ésta, y eso por pequeños o banales que nos parezcan.

Así, de esa forma, sin agobios ni ansiedades, sin temores, pero tampoco sin despreocupaciones, daremos a cada acto de nuestra vida terrenal la importancia que tiene, la trascendencia que tendrá para la otra, para el más allá.

Nada de lo que hacemos diariamente, nada, es baladí. Todo tiene su trascendencia. Por supuesto que habrá asuntos de mayor trascendencia que otros, que los habrá realmente serios y trascendentales, mientras otros serán o nos parecerán casi insignificantes, pero todos, todos, tienen su trascendencia para la eternidad, porque de todos ellos se nos juzgará.

De ahí que debamos acometer unos y otros conscientes de su trascendencia, sea pequeña o grande. Que debamos pensar cada paso que damos, cada acto que vayamos a realizar conscientes de que tendrán una trascendencia, una consecuencia en la balanza de nuestro juicio.

Lo anterior nos llevará a concluir si hacemos esto o lo otro, y si lo hacemos de una forma o de otra, si por un camino y con un fin o por otro y con otro. De esa forma, si no somos estúpidos, buscaremos actuar en cada cosa de esta vida, por nimia que sea o nos parezca, con la intención y el objetivo de lograr el mayor grado de trascendencia positiva para la otra vida.

Si somos conscientes de lo aquí dicho, nos será mucho más fácil evitar la tentación y más aún el pecado, porque su trascendencia es nefasta y, por el contrario, nos será más asequible obrar y hacer el bien, porque su trascendencia será beneficiosa.

Seamos conscientes de que de todo lo que hagamos aquí se nos pedirá cuentas, de que todo, por simple que sea, tiene su trascendencia allí.

Pidamos a Dios Nuestro Señor, a Nuestra Santísima Madre y a San José que nos concedan la gracia, el don, de ser conscientes de que todo lo que hacemos tiene su trascendencia y así que podamos evitar el mal y hacer el bien, con la vita puesta siempre en esa balanza en la que se pesará cada uno de nuestros actos, ninguno de los cuales está exento de su carga positiva o negativa de trascendencia.

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